
Legalización
total Por Ricardo J. Galarza
Elvira Arellano es una inmigrante
indocumentada de 31 años, que hace
unos días se refugió en una iglesia de
Chicago para evitar su deportación.
Desde el templo Metodista, la
mexicana se resiste al arresto junto a
su hijo, Saúl —ciudadano
estadounidense de siete años de
edad—, y un centenar de
simpatizantes que han bloqueado el
acceso a la iglesia con cadenas, chapas
y autos, para evitar la entrada de los
agentes de Migración.
El temor de Elvira va más allá de su
mera deportación, ya que de ser
deportada, seguramente, deberá
abandonar también al pequeño Saúl,
quien padece de un mal del que, dados
sus escasos recursos, puede recibir
una mejor atención médica en Estados
Unidos.
“Si vienen por ella, le arrancarán de
cualquier manera a su hijo de los
brazos y se la llevarán”, dijo a un diario
de Chicago Roberto López, uno de los
activistas pro inmigrantes que apoyan
a Elvira.
La tragedia de Elvira Arellano ha
captado la atención nacional y se ha
hecho emblemática, pero hay miles de
casos similares en toda la Unión
americana, miles de inmigrantes que
enfrentan la deportación con hijos
nacidos en suelo estadounidense,
miles de familias separadas por una
línea imaginaria llamada frontera.
Lo hemos dicho hasta el cansancio
en este espacio: en un país con 12
millones de indocumentados, resulta
absurdo pensar en cualquier solución
que no sea una legalización total. Va
contra toda lógica. ¿O qué esperaban
los partidarios de las deportaciones
masivas y de la perversa Ley
Sensenbrenner? ¿Que entre esos 12
millones, ninguno tuviera hijos
estadounidenses? ¿Que no tuvieran
una vida acá? ¿Que vinieran pero que
siguieran viviendo en sus países de
origen? ¿Qué creen estos señores, que
emigrar es un acto de telepatía?
La migración, fenómeno milenario
inherente a la condición humana (y
animal en general), es un acto de
desprendimiento, de buscar nuevos
horizontes y lleva consigo un
transplante de vidas, de familias, de
tribus. A través de los siglos, las
sucesivas migraciones han
conformado grandes pueblos y
naciones, como la antigua Grecia,
Roma, el Reino de España o la Gran
Bretaña y, paradójicamente, como los
Estados Unidos.
Es hora de que lo entendamos, no se
puede seguir separando familias y
pretender que más de 12 millones de
habitantes continúen viviendo a las
sombras del sistema, no es bueno para
nadie y mucho menos para el país. El
problema ya no admite dilación. Hay
que legalizar a los que están acá e
instrumentar un sistema que reduzca
el flujo migratorio de manera efectiva,
con leyes seguras en Estados Unidos
y una distribución más equitativa en
México y otros países expulsores de
la región.
Es cierto que Elvira es reincidente
como indocumentada; fue deportada
de Estados Unidos en 1997 y en 2002
volvió a entrar ilegalmente al país. Pero
los sueldos de miseria en México no le
permitían seguir viviendo allí, como a
todos los que se han venido. Su natal
estado de Michoacán expulsa a más
del 12 por ciento de la mano de obra
que emigra a Estados Unidos.
Sin embargo, los mismos
conservadores que pretenden deportar
a todos los indocumentados, son los
que cada vez que surge alguien en
América latina que propone una
sociedad más justa y una mayor
distribución de la riqueza, lo tachan
de populista, comunista, loco y todo
el rosario de descalificaciones. |