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Vol. 8 No. 269

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En Casa del Carpintero

Por Jorge Mújica Murias Érase una vez dos hermanos, de nombres Carlos y Daniel, que andaban viajando hacia el oeste. Por desgracia la historia no dice ni de dónde venían ni a dónde iban, pero el puro hecho de que no estaban a la vuelta de la esquina de su casa y de su viaje incidentalmente quedó escrito en la historia de Illinois, me lleva a la indudable conclusión de que eran inmigrantes.  

Y no eran como los millones de mexicanos que andamos también viajando por estas tierras desde hace tiempo. Sucede que éstos eran blancos, al parecer de origen medio europeo, porque sus nombres reales eran Charles y Daniel.  

No eran carpinteros, aunque se apellidaban Carpenter, y sucede que en 1837 se quedaron a medio viaje debido a una crecida del río Fox. La historia tampoco dice por qué lo querían cruzar, pero hace constar que los hermanitos se quedaron ahí a vivir, y fundaron un pueblito al que a falta de mejor nombre le pusieron Carpenter’s Grove. Andando el tiempo, uno de los chavos de Charles le cambió el nombre a Carpentersville en 1851.  

Lo cual me lleva a la universalmente sabida pero poco comentada conclusión de que la tal Carpentersville fue fundada por inmigrantes. Es más, todas las ciudades del planeta fueron fundadas por inmigrantes, por si nuestro lector no había caído en la cuenta.  

Alguien que no nació en algún lugar, sino en otro, emigra y se queda a vivir en otro lugar, al que al rato llegan más inmigrantes y la cosa se vuelve pueblo y luego ciudad.  

El caso es que Carpentersville creció y se volvió ciudad en 1887. El hijo de Charles puso una fábrica de franelas y se dedicó a contaminar el río, con ayuda de una fundidora y una herrería que había puesto su papá en 1864. Andando el tiempo, se dedicaron a fabricar maquinaria industrial.  

Los chambeadotes de tanta industria eran, también, inmigrantes. ¿O a poco alguien pensó que en menos de 30 años los colonos tuvieron tantos hijos que alcanzaban a operar todas las industrias? Obviamente que no. Los chambeadotes eran inmigrantes alemanes, polacos y suecos, y según consta en la Enciclopedia Electrónica de Chicago, edición 2005 de la Sociedad Histórica de Chicago, para 1930 casi el 40 por ciento de los pobladores de Carpentersville eran hijos de nacidos en el extranjero. Cuchillo de hierro.  

Para 1960 el porcentaje se redujo al 15 por ciento, y luego el Censo dejó de apuntar el dato. Pero siguió apuntando el grupo étnico. Mientras que en 1960 el 99.9 por ciento de la población era “blanca”, con solamente un “negro” y 23 de “otros” grupos étnicos, para 1990 los blancos bajaron al 85 por ciento. Y aparecieron los latinos. con un 16 por ciento. Y el Censo del 2000 registró un 68 por ciento de blancos. y un 40.6 por ciento de latinos (entre los cuales hay blancos, claro, pero también de muchos “otros” colores).  

Será por eso, porque ahora los nuevos inmigrantes no son “blancos”, sino de los “otros”, que los regidores Judy Sigwalt y Paul Humpfer propusieron una ley local idéntica a la de Hazleton, Pensilvania, que instituye el inglés como idioma oficial, y prohíbe “hacer transacciones” con los inmigrantes indocumentados.  

Básicamente, multa a los caseros si le rentan casa a un indocumentado, le quita la licencia de negocios a un comercio y así por el estilo. La llamaban la “Ley de Alivio de la Inmigración Ilegal”. Pero Illinois no es Pensilvania. Allá en Hazleton, la ley local (de la que copiaron la de Carpentersville), está decidiéndose en la corte. Aquí ya se decidió. Y no se decidió en nuestra contra. Esta semana, el presidente de Carpentersville mandó a la congeladora la iniciativa antiinmigrante, con el argumento de que quiere “esperar a ver qué pasa en Hazleton”. Esperará sentado, porque lo de Hazleton en las cortes va para años.  

Pero no necesita esperar. Puede ver lo que pasó en Stillmore, Georgia, comunidad en la que hace un mes Inmigración se llevó al 10 por ciento de la población en una redada, para deportarlos. Además de los deportados, otro 10 por ciento de la población “desapareció” antes de que llegara la Migra, entre ellos la mayoría de los trabajadores de la procesadora de pollo Crider Inc, única fábrica local.  

Las calles están desiertas, los apartamentos vacíos, nadie paga la renta ni lava la ropa en la única lavandería del pueblo. “Me recuerda a lo que he leído sobre Alemania en el tiempo de los Nazis”, dice la Presidenta del pueblo, Marilyn Slater. “La Gestapo llegaba y arrasaba con la gente”.  

Stillmore debe ser una lección para Carpentersville. No se puede “echar” a los “otros”. aunque no sean “blancos”.

 
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