Por Ricardo J. Galarza
Dispuestos, como parecen, a
sacudirse varios siglos de cultura
autoritaria, los mexicanos acudirán a
las urnas el próximo 2 de julio, en una
elección decisiva para el país de habla
hispana más poblado de la tierra, la
nación bisagra, el puente entre América
latina y la superpotencia del norte; por
lejos, el país de mayor diversidad en el
subcontinente y paradójicamente el de
más marcada identidad nacional,
magistralmente ilustrada por Octavio
Paz en su obra El laberinto de la
soledad.
País de realidad convulsa y grandes
contradicciones, de espíritu indomable
y a la vez obediente, donde conviven
males como el narcotráfico, la
delincuencia rampante y la corrupción
más rapaz, con la solidaridad y la
generosidad más desprendidas, la
honestidad rayana en la inocencia, la
amabilidad y la calidez extremas; y la
farándula más ramplona con las
representaciones culturales más sublimes.
Así es México, un manojo de
contradicciones donde lo mejor y lo peor
se dan la mano, un gran crisol de razas
y culturas con 100 millones de
habitantes, de los cuales 10 son
indígenas que hablan 62 lenguas
vernáculas, cuatro millones viven como
indocumentados en Estados Unidos y
una cantidad incalculable nace y muere
en las selvas y desiertos sin dejar
huella en el registro civil.
Hay momentos en la historia de los
pueblos en que buscan su identidad
nacional en las urnas, o mejor dicho,
buscan definirla allí. Este parece ser
uno de esos momentos para México.
Antes la buscó en una violenta
revolución que generó el consiguiente
trauma, sólo para desembocar en 71
años de gobiernos autoritarios del PRI.
“Las ruinas tuvieron que ser
interpretadas en un proceso de
reconstrucción de la identidad. La
revolución de 1910 fue un catalizador
que convocó a un personaje nacional.
Así se construyó una máscara que
duró el resto del siglo y que es ya
innecesaria”, explica el antropólogo
mexicano Roger Bartra.
Así, el mexicano del siglo XX se
caracterizó por dos rasgos
fundamentales: el nacionalismo y una
enorme tolerancia, amén del aislamiento
laberíntico del que habla Paz. El régimen
del PRI creó un ser profundamente
descreído de las instituciones y que
para protegerse, no siempre decía lo
que realmente pensaba. “Los
mexicanos hablaban de un modo y
votaban de otro”, resume el escritor
Juan Villoro, uno de los cronistas más
agudos de la realidad mexicana
contemporánea. Y remata, “en la patria
de Cantinflas, la claridad era pecado
mortal”.
Pero en el 2000, los mexicanos
decidieron que la revolución era ya un
discurso gastado y que la entelequia
del PRI (que encierra rasgos
paradojales hasta en su propio nombre,
sugiriendo una inaudita
institucionalización de la revolución) no
podía seguir en el poder.
Fue así que eligieron al actual
presidente, Vicente Fox, del Partido de
Acción Nacional (PAN), como agente
del cambio. Y en cierto modo, no se
equivocaron. No se pueden negar los
logros de Fox en materia de
democratización, apertura política y
libertad de expresión, así como en el
plano económico, donde ha mantenido
una estabilidad monetaria considerable
y un equilibrio fiscal importante. Pero en el
debe quedaron colgadas
muchas más de las expectativas de
aquellos que lo votaron.
De todos modos, la democracia se
afianzó, aun cuando la nueva libertad
de expresión fue mal interpretada; no
era para menos. Los mexicanos
actúan exactamente como a quien le
han sacado una gran mordaza de 70
años. Todo el mundo dice lo que le da la
gana sin reparar en daños, y se
amparan en la recientemente
conquistada libertad de expresión.
“Hoy en día, el país de los solitarios, al
que Paz diagnosticó laberintitis, es un
desmadre en el que no se calla nadie”,
dice Villoro.
Las carencias del gobierno de Fox
superan sus logros, lo que ha llevado
a que muchos mexicanos digan hoy
que “éste no ha sido un cambio real”.
Su torpeza política, sus continuos
dislates en política exterior —con los
que ha avergonzado a la mayoría de
los mexicanos—, su débil postura ante
Washington, sus estrechos vínculos
con el empresariado plutocrático
mexicano, la inseguridad interna fuera
de control, la corrupción inalterada y
su mayor debilidad: el combate a la
pobreza, materia en la que califica con
un cero más grande que el propio
Zócalo.
Hoy en día, 40 millones de mexicanos
viven en la pobreza, y 14 de ellos en la
pobreza extrema. El desafío parece
caer de su propio peso a esta altura: la
justicia social. Así parecen entenderlo
los mexicanos, quienes, según las
encuestas, favorecen por amplio
margen al candidato del centroizquierda,
Andrés Manuel López
Obrador, de la coalición Por el Bien de
Todos, que conforman el PRD,
Convergencia y el Partido del Trabajo.
De acuerdo con los últimos sondeos,
López Obrador supera a sus más
inmediatos seguidores (Felipe
Calderón, del PAN, y Roberto Madrazo,
del PRI) por unos 10 puntos
porcentuales.
En su plataforma de campaña, López
Obrador promete que ayudará a los
pobres. No dice cómo lo va hacer, ni
sus propuestas al respecto son del todo
coherentes, como bien apuntan sus
enemigos políticos. Pero el sólo hecho
de identificar el problema parece ser
suficiente para los electores. Los
demás candidatos no lo han hecho; y
es un problema nada menudo como
para no advertirlo.
En realidad, López Obrador aparece,
como lo han definido varios analistas,
como un formidable candidato y un
estadista limitado. Esa es realmente la
impresión que da. Sus arengas resultan
bastante vacías de contenido y llenas
de frases hechas y golpes de efecto.
A juicio de López Obrador, pareciera
que todos los problemas de México se
fueran a solucionar a partir de la
honestidad y la justicia social.
No se puede negar que la corrupción
estructural genera en gran medida los
problemas de inseguridad y otros que
aquejan al país. Los mexicanos ya no
quieren un sistema de corrupción,
donde la “mordida” y el atajo sean la
única manera de lograr un cometido, ni
el viejo dicho de “el que no tranza no
avanza”, tan idiosicráticamente
expresado por el actor Pedro
Armendáriz en la película La ley de
Herodes.
Están muy orgullosos de Pedro
Infante, de la canción ranchera, de la
virgen de Guadalupe y otros factores
característicos de su cultura; pero de
eso, no; ya no les hace gracia.
En un país donde la gran mayoría de
sus habitantes son honestos y
trabajadores, ya no ven la razón de
seguir sosteniendo un sistema de
corrupción estructural. Y parecen
dispuestos a cortarlo de tajo.
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