
Mundial divino tesoro!
Por Ricardo J.
Galarza
Borges decía no
entender la pasión por
el fútbol, al que
consideraba —en uno
de esos juicios
lapidarios tan común
en él— “una forma del tedio, un juego
tonto, en el que 22 hombres vestidos
de niños corren detrás de una pelota”.
Más recientemente, en su novela La
virgen de los sicarios, el escritor
colombiano Fernando Vallejo describe
al fútbol como un idiotizador
anestésico, capaz de obnubilar a un
pueblo entero ante la crisis más severa.
De algún modo es cierto; cuesta
entender al fútbol como fenómeno de
masas, y como pasión que por
momentos relega todo interés público,
en una sociedad tan descompuesta y
repleta de calamidades como la
moderna.
Pero así es, y no lo va a
cambiar ni Borges ni Vallejo ni todos
los intelectuales que son y han sido.
En el mundo de hoy, pese a quien le
pese, el fútbol es el gran catalizador
de sueños contra todos esos males, la
gran utopía del siglo XX. Tal vez en el
Renacimiento (donde seguramente
Georgie y Vallejo hubieran vivido
felices), lo hayan sido el teatro de
Shakespeare, la lírica de Dante o el
genio de Cervantes; pero hoy, nada en
el imaginario colectivo resulta tan
abrumadoramente liberador como
cuando un simple balón traspone una
línea caliza para anidarse en las redes
del marco rival.
En vísperas del Mundial de Fútbol
Alemania 2006, a celebrarse durante
las próximas cuatro semanas, éste no
es un dato menor. Si el fútbol es el
más popular de los deportes —y
ciertamente la actividad recreativa
más popular—, el mundial es la cita
por excelencia, la justa máxima del
balompié, el tan anhelado rendevouz
con la gloria, con el que sueñan todos
los jugadores y aficionados del
planeta.
Cada vez que conozco a una mujer,
le pregunto si le gusta el fútbol, para
saber si me va a odiar cuando me clave
horas con un sándwich frente al televisor
como un enajenado. La respuesta
es invariablemente la misma: “El
mundial”. A la gran mayoría de las
mujeres poco les importan los torneos
locales y regionales, el fútbol de clubes,
los jugadores, las estadísticas y todos
esos datos inútiles con que los hombres
nos llenamos la cabeza. A ellas les
gusta el mundial, punto.
Y es que el mundial no discrimina;
nadie escapa a la fiebre del mundial.
Durante el mundial, se puede ver a
las damas más recatadas gritar un gol
con la euforia del vándalo más marginal
de la barra brava de Boca. Es la
locura. Cualquiera se pinta la cara,
cualquiera se envuelve en una bandera, todos
gritan, todos son felices, todos
sufren, todos ríen, todos lloran; es la
gran ópera de la sociedad
posindustrial; es la tragedia griega, el
circo romano, la feria medieval; es
todas esas cosas juntas, y el
espectador es la humanidad.
Según datos de la FIFA, 3.500
millones de telespectadores verán este
mundial, que será el evento de mayor
audiencia global en la historia. Otros
3.2 millones de aficionados verán los
partidos desde la tribuna. Treinta y
dos países se disputarán el título en
64 partidos. Otra vez, los favoritos
son los grandes de siempre: Brasil,
Argentina, Italia y el anfitrión,
Alemania. Pero puede haber
sorpresas; y como cada cuatro años,
ningún país debe relegar aspiraciones,
porque de eso se trata todo esto: de
sueños e ilusiones compartidas.
Durante el Mundial USA 94, cuando
la FIFA (en una sospechosa y
cuestionada decisión) expulsó a
Maradona del torneo, lo que más
sorprendió fue una turba enardecida
de miles de desarrapados que se
volcaron a las calles de Bangladesh,
para repudiar la decisión y exigir el
retorno del expulsado. Bangladesh es
uno de los países más pobres del
planeta, devastado por las hambrunas
y las inundaciones, y con una tradición
futbolística inexistente. Pero
Maradona era un rey con un pasado
de pobreza; de un modo suficiente,
aquellos parias bengalíes se
identificaban con él. Y claro que iban a
protestar, porque con aquella decisión,
la FIFA les estaba robando la alegría,
la magia del fútbol que los alejaba por
un instante de sus existencias rotas,
de sus realidades funestas, de sus
miserias congénitas, de su irreparable
condición de desechables; les estaba
robando, en suma, los sueños.
Como en toda tragedia, hay también
en el fútbol una buena dosis de
liturgia, la liturgia de los relatores. Y
en los mundiales alcanza su máxima
expresión. Cómo olvidar aquel relato
memorable de Víctor Hugo Morales
en el segundo gol de Maradona contra
los ingleses, en el Mundial México 86:
“Maradona! Genio! Genio! Ta-ta-ta-tata-
ta... y Gooooool! Gooooool!
Maradona, en una corrida memorable,
en la jugada de todos los tiempos.
Barrilete cósmico ¿de qué planeta
viniste para dejar por el camino a tanto
inglés? Para que el país sea un puño
apretado gritando, Argentina.
Diegool, Diegool, Diego Armando
Maradona. Gracias, dios, por el fútbol,
por Maradona, por estas lágrimas, por
este Argentina 2 – Inglaterra 0”.
¿De qué hablan Borges y Vallejo?
¿Quién puede negar al fútbol como
gran generador de lírica, de belleza
estética, de arte, de talento, de
inspiración y de genio?
Claro que también es un gran
negocio, y que se presta a indignantes
actos de corrupción (como los
escándalos millonarios en los que
ahora mismo se ve envuelta la FIFA),
a las mafias de las apuestas, de los
contratistas, y a otros males menores.
Pero lo que no se puede negar es la
incomparable capacidad del fútbol
como fábrica de sueños, como gestor
de ilusiones, esa insuperable
capacidad para, por un instante,
convertirnos a todos, sí, en niños otra
vez. |