
Inmigración: Los Muros
Internos en America Latina
Por Manuel R
Villacorta O.
Los últimos meses han sido
especialmente importantes en Estados
Unidos: se debate una reforma
migratoria que definitivamente, habrá
de marcar el perfil de las relaciones de
este país con América Latina. Quizá
como muchos aseguran América
Latina haya perdido importancia
estratégica y económica en el mundo
a partir del nuevo orden regido por el
tríptico EU-Europa-China. Pero los
latinoamericanos dentro de Estados
Unidos han sido, son y seguirán siendo
extraordinariamente importantes.
Internamente por el aporte fundamental
que realizan a la economía más
poderosa del planeta, externamente
porque cuantitativamente suman
decenas de millones y en casos
específicos mantienen en pie las
economías de sus países como
producto del envío de remesas, casos
ejemplares lo demuestran: México, el
Caribe y Centroamérica.
En ese debate se escucha con
insistencia la necesidad de levantar un
muro de miles de kilómetros de
extensión para evitar el paso de
inmigrantes desesperados agobiados
por la violencia, la pobreza y la cada
vez más implacable falta de
oportunidades en sus países. Mientras
algunos consideran ese muro como
una “construcción imprescindible y
urgente” otros la han calificado como
el “muro de la humillación”. Pero ese
muro —a mi modesto crirterio—
tratará por todos los medios de evitar
el ingreso de inmigrantes que han sido
obligados a emigrar por la existencia
de decenas de “muros internos”
construidos en América Latina.
Esos muros internos son invisibles
como estructuras materiales, pero
existen y son fatales para el progreso
y el desarrollo de nuestros pueblos.
Son los muros de la exclusión, de la
separación social, del monopolio y
cautiverio de la administración de la
justicia, del apropiamiento indebido
de las riquezas a través de las prácticas
empresariales ilegales o la simple e
histórica evasión millonaria de
impuestos. Si nos parecen excesivas
las actitudes de algunos congresistas
y senadores, acusándolos a veces hasta
de xenofóbicos, nos debería de parecer
aberrante la realidad imperante en
América Latina. Es común encontrar
en todos los países de la región, áreas
desarrolladas, pródigas en soberbios
y muy modernos edificios, ubicados
en zonas cuidadosamente
jardinizadas, donde se ubican
servicios diversos solo comparables a
los existentes en los países más
desarrollados del mundo. Con sus
murallas invisibles, sean guardias que
impiden el paso de los harapientos, o
pesadas barras metálicas que permiten
el paso solo de vehículos
“autorizados”.
Existen también las zonas
residenciales privilegiadas, rodeadas
de murrallas —que sí se ven— alambre
espigado de tercera generación,
cableado electrificado contra
“invasores”, cámaras que monitorean
cualquier “movimiento o acción
extraña”, guardias armados hasta los
dientes, instruidos para disparar sin
reserva cuando la orden de un superior
así los exija. Si una vida no posee
el privilegio de pertenecer al lugar, esa
vida no vale nada, que no se acerque
porque será cegada sin contemplación
y por supuesto, sin juicio y sin
condena. Porque la ley le pertenece
también, a los que viven dentro del
privilegiado santuario. ¿Qué más
murallas que éstas?
Esos son los muros internos que no
quieren ser vistos. Esos son los muros
que evidencian las aberrantes
diferencias económicas, políticas y
sociales en América Latina. Por tanto
es absurdo que empresarios, políticos
y privilegiados funcionarios públicos
latinoamericanos, pródigos en
recursos y desmanes, se “ rasguen las
vestiduras” exigiendo impedir la
construcción de muros entre Estados
Unidos y México, porque “afectan la
integridad humana de los inmigrantes
y las relaciones entre los pueblos”. Ven
la paja en el ojo ajeno, sin ver la viga
que poseen en los suyos. Si hoy
millones de millones de
latinoamericanos indigentes se ven
obligados a abandonar sus países
para cruzar las más dramáticas
aventuras en una inmigración
generalmente sin retorno, es debido a
esos históricos muros que los
“propietarios de nuestras naciones
latinoamericanas” han levantado para
preservar sus ilegales privilegios.
O sea, la inmmigración
indocumentada como problema de
seguridad nacional para Estados
Unidos, tiene su origen al interior de
las enfermas estructuras sociales
prevalecientes en la región.
Si se posee visión de largo plazo,
deberá aceptarse que no es la
construcción de un muro en la frontera
sur de Estados Unidos la solución
definitva, quizá pueda
temporalmente llevar algun alivio al
impedir con más éxito el paso de los
indocumentados. La verdadera
solución a la inmigración
indocumentada radica en evitar que
las condiciones injustas que se
reproducen al interior de nuestros
países persistan. Habrá que trabajar
en mejorar el nivel de vida de todos
los latinoamericanos, mejorando las
economías a través de la
democratización de las oportunidades
y del capital, construyendo un
empresariado responsable con sus
obligaciones civiles y fiscales,
estableciendo regímenes políticos
democráticos verdaderamente justos,
erradicando los nefastos vicios del
politico tradicional latinoamericano,
capaz de “vender el alma al diablo”,
si esto le permite el arribo al poder.
Los problemas en el continente hoy,
son graves y sus consecuencias serán
devastadoras. Tendremos que estar
preparados para ello. Pero si no
actuamos, si no comprendemos el
problema de la inmigración en toda
su dimensión, este habrá de
constituirse como el principio del final
de todas las naciones que integran
el continente, porque los corrimientos
sociales producto de la inmigración
forzada, conllevan a la confrontación
y a la pérdida de controles civiles,así
como la imposibilidad de
planeamiento público en el
otorgamiento de servicios básicos
como educación, salud y transporte,
entre otros.
Es penoso ver a los presidentes
latinoamericanos vociferar con gestos
compungidos, pidiendo al gobierno de
Estados Unidos un “trato justo para
los inmigrantes”, cuando ni idea
poseen de lo que significa ser
inmigrante, cuando ni idea poseen de
la ofensiva realidad que ellos mismos
han creado en sus propios países.
América Latina debe corregirse desde
adentro, desde el seno mismo en donde
surgen las horrorosas muestras de la
desigualdad, la indiferencia y también,
la complicidad. |