Por Humberto Caspa, Ph.D
Hay quienes suponen que, una vez
que los dólares salen de tierras
estadounidenses a través de las
remesas, su mercado interno pierde
circulante y se descapitaliza. Esta gente
también supone que esta
descapitalización afecta a los proyectos
de inversión a corto y mediano plazo y
reduce la creación de trabajos.
Contrario a estas suposiciones, las
remesas son positivas tanto en el país
que las emite como en el que las recibe.
En el lado norteamericano, las
remesas, entre otras cosas, son
artificios económicos que atenúan la
inflación; y en el lado latinoamericano,
ese capital disperso se inserta como un
circulante extra y acelera el intercambio
de bienes y servicios. Es decir, genera
mayor ímpetu económico. No obstante,
en los países receptores puede producir
inflación debido a que el influjo
incontrolado de las divisas extranjeras
pueden llegar a debilitar el circulante ya
establecido en ese mercado.
Para explicar este fenómeno de
entradas y salidas de las remesas es
menester remitirse al pasado. Adam
Smith, padre de la economía moderna,
fue muy claro cuando hizo un análisis
crítico en su obra seminal, La Riqueza de las
Naciones, al sistema económico
mercantilista de la corona española del
siglo XVII.
La pregunta perenne del
desfalco
español es la siguiente: ¿Cómo es que
tanta plata de Potosí (hoy Bolivia) y
México no haya podido mantenerlos en
la cúspide del poder económico? La
realeza española, decía Smith, nunca
entendió que las políticas restrictivas del
sistema mercantil mantenían la plata
encerrada dentro de su mercado
interno, abarrotada y debilitando el
potencial del valor de su propio
circulante. Al no existir mecanismos de
consumo masivo –España todavía no
gozaba de una industria acelerada—,
la plata empezaba a devaluarse con
relación a los bienes de consumo (pan,
ropa, servicios, etc.) y
consecuentemente creaba una crisis
inflacionaria (alza de precios). En otras
palabras, los mercantilistas no sabían
que tanto dinero aglomerado en su
mercado incrementaba los precios de
los productos.
A pesar de que los tiempos son
otros,
la lógica del mercado continúa siendo
la misma en nuestros días. Si todo el
circulante (los dólares) se mantuviese
en el mercado estadounidense,
existiría, como en España del Siglo
XVII, una fuerte presión sobre los
precios de bienes y servicios. El exceso
del circulante, como en la España medieval,
crearía una inflación
incontrolable.
El nuevo jefe de la Reserva
Federal y
los consejeros económicos del
Presidente George W. Bush tienen muy
claro los efectos devastadores de la
inflación en la economía. Por lo mismo,
el gobierno creó procesos legales que
permiten la dispersión del capital a
través de las remesas. Y el mercado
simplemente se encargó de generar
agencias formales de transferencia de
ese capital (Giromex, México Express,
Sigue, Vigo, etc.) para dispersar esos
dólares a otras partes del mundo,
especialmente hacia América Latina.
En México el ingreso de las
remesas
ya sobrepasó al ingreso total del sector
turismo y está segundo después del
petróleo. De acuerdo a fuentes
federales de este país, el año pasado
se captó más 20,035 millones de
dólares anuales. Los países
centroamericanos también viven del
aroma de las remesas. En el 2005, los
Guatemaltecos enviaron 2,900 millones
de dólares; es decir, 9.5 del Producto
Interno Bruto (PIB). En El Salvador, las
remesas se han convertido en un lucro
estatal, convirtiéndose en la mayor
fuente de ingreso.
Debido a la globalización
económica
y al influjo de capitales en dólar, la
moneda estadounidense ya desplazó a
otros patrones monetarios en tierras
latinoamericanas. Panamá fue uno de
los primeros en tomar el camino de la
dolarización, luego le siguió Ecuador y
El Salvador. En otros países como Bolivia,
Perú y Argentina, el dólar funciona
como una moneda alternativa viable,
incluso, como un referente monetario
de intercambio.
Las remesas son, probablemente,
una de las pocas bondades que ofrece
la globalización económica. Los países
emisores de divisas se benefician a
nivel macro-económico, mientras que
los receptores a nivel micro-económico.
Por consiguiente, en vez de
atenuarla,
como demandan algunos sectores de
la nación, el gobierno federal y estatal
deberían más bien modernizar sus
operaciones. Es una forma inequívoca
de inicio para una integración de
mercado de capitales entre América
Latina y los Estados Unidos. |