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Vol. 6 No. 231

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Nacionales

El secreto de las remesas

Por Humberto Caspa, Ph.D

Hay quienes suponen que, una vez que los dólares salen de tierras estadounidenses a través de las remesas, su mercado interno pierde circulante y se descapitaliza. Esta gente también supone que esta descapitalización afecta a los proyectos de inversión a corto y mediano plazo y reduce la creación de trabajos. Contrario a estas suposiciones, las remesas son positivas tanto en el país que las emite como en el que las recibe.

En el lado norteamericano, las remesas, entre otras cosas, son artificios económicos que atenúan la inflación; y en el lado latinoamericano, ese capital disperso se inserta como un circulante extra y acelera el intercambio de bienes y servicios. Es decir, genera mayor ímpetu económico. No obstante, en los países receptores puede producir inflación debido a que el influjo incontrolado de las divisas extranjeras pueden llegar a debilitar el circulante ya establecido en ese mercado.

Para explicar este fenómeno de entradas y salidas de las remesas es menester remitirse al pasado. Adam Smith, padre de la economía moderna, fue muy claro cuando hizo un análisis crítico en su obra seminal, La Riqueza de las Naciones, al sistema económico mercantilista de la corona española del siglo XVII.

La pregunta perenne del desfalco español es la siguiente: ¿Cómo es que tanta plata de Potosí (hoy Bolivia) y México no haya podido mantenerlos en la cúspide del poder económico? La realeza española, decía Smith, nunca entendió que las políticas restrictivas del sistema mercantil mantenían la plata encerrada dentro de su mercado interno, abarrotada y debilitando el potencial del valor de su propio circulante. Al no existir mecanismos de consumo masivo –España todavía no gozaba de una industria acelerada—, la plata empezaba a devaluarse con relación a los bienes de consumo (pan, ropa, servicios, etc.) y consecuentemente creaba una crisis inflacionaria (alza de precios). En otras palabras, los mercantilistas no sabían que tanto dinero aglomerado en su mercado incrementaba los precios de los productos.

A pesar de que los tiempos son otros, la lógica del mercado continúa siendo la misma en nuestros días. Si todo el circulante (los dólares) se mantuviese en el mercado estadounidense, existiría, como en España del Siglo XVII, una fuerte presión sobre los precios de bienes y servicios. El exceso del circulante, como en la España medieval, crearía una inflación incontrolable.

El nuevo jefe de la Reserva Federal y los consejeros económicos del Presidente George W. Bush tienen muy claro los efectos devastadores de la inflación en la economía. Por lo mismo, el gobierno creó procesos legales que permiten la dispersión del capital a través de las remesas. Y el mercado simplemente se encargó de generar agencias formales de transferencia de ese capital (Giromex, México Express, Sigue, Vigo, etc.) para dispersar esos dólares a otras partes del mundo, especialmente hacia América Latina.

En México el ingreso de las remesas ya sobrepasó al ingreso total del sector turismo y está segundo después del petróleo. De acuerdo a fuentes federales de este país, el año pasado se captó más 20,035 millones de dólares anuales. Los países centroamericanos también viven del aroma de las remesas. En el 2005, los Guatemaltecos enviaron 2,900 millones de dólares; es decir, 9.5 del Producto Interno Bruto (PIB). En El Salvador, las remesas se han convertido en un lucro estatal, convirtiéndose en la mayor fuente de ingreso.

Debido a la globalización económica y al influjo de capitales en dólar, la moneda estadounidense ya desplazó a otros patrones monetarios en tierras latinoamericanas. Panamá fue uno de los primeros en tomar el camino de la dolarización, luego le siguió Ecuador y El Salvador. En otros países como Bolivia, Perú y Argentina, el dólar funciona como una moneda alternativa viable, incluso, como un referente monetario de intercambio.

Las remesas son, probablemente, una de las pocas bondades que ofrece la globalización económica. Los países emisores de divisas se benefician a nivel macro-económico, mientras que los receptores a nivel micro-económico.

Por consiguiente, en vez de atenuarla, como demandan algunos sectores de la nación, el gobierno federal y estatal deberían más bien modernizar sus operaciones. Es una forma inequívoca de inicio para una integración de mercado de capitales entre América Latina y los Estados Unidos.

 
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