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Vol. 6 No. 231

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Internacionales

La violencia en El Salvador ‘es más compleja’

Juan José Dalton

En menos de 24 horas, varios asesinatos y hechos de violencia azotan a los salvadoreños. En la noche cinco jóvenes fueron baleados en un enfrentamiento entre los grupos de distintos partidos inmersos en faenas proselitistas, al calor de las elecciones del próximo 12 de marzo. En la mañana se localiza el cadáver de un trabajador rural; al mediodía desconocidos a bordo de una motocicleta acribillan a un ingeniero, y en horas de la tarde, asaltantes roban en una ferretería y matan a un empleado.

Estos muertos son apenas tres de los 10 que se están registrando diariamente, como promedio, desde el año pasado en El Salvador. El gobierno atribuye, desde hace tres años, esta incontrolable violencia criminal a las llamadas maras, que antes catalogaba como pandillas juveniles, pero que ahora dice, se trata de “pandillas criminales”.

Recién, en conferencia de prensa el actual director general de la Policía Nacional Civil (PNC), Rodrigo Ávila — hasta diciembre pasado viceministro de Seguridad Pública—, explicaba que existían varias causas del incremento de la criminalidad: las deportaciones de inmigrantes desde Estados Unidos con antecedentes criminales (1,900 en 2005 y más de 500 en lo que va de año), así como la impunidad, misma que achaca a “malos jueces” que dejan en libertad a los delincuentes que la policía captura y manda a procesar.

Distintos funcionarios del gobierno, incluso el propio presidente Antonio Saca, han asegurado que uno de los principales logros de su gestión en materia de seguridad es haber apresado y fichado a unos 18 mil pandilleros —desde que se implementó el plan Mano Dura en 2003, y durante la puesta en vigencia del Supermano Dura—. De estos “apresados” un aproximado de cuatro mil permanecen en proceso judicial. Pero Jaime Martínez Ventura, de la Oficina de Apoyo Juvenil de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), asegura que sólo al 5% se les podría abrir proceso penal.

“Se culpa a los jueces, pero éstos dejan en libertad a los presuntos delincuentes cuando se ha violado el debido proceso, cuando el capturado llega sin pruebas, o con muchas imprecisiones”, agregó Martínez Ventura, quien enfatiza que el crecimiento de la violencia está relacionado con factores de tipo social, como la pobreza de más de la mitad de la población. “El hecho de que el 51% de la población económicamente activa esté en el empleo informal, da una medida de la gravedad de la crisis social”, agregó.

Guerra informal

El Salvador es azotado diariamente por un promedio de 10 homicidios. El año pasado fueron asesinadas 3,791 personas, cifra que hace de esta nación la más violenta y peligrosa de Latinoamérica, con una tasa de homicidios mayor de 55 por cada 100 mil habitantes. La tasa de homicidios de El Salvador es mayor que la de Colombia, que vive una guerra insurgente y el fenómeno del paramilitarismo, así como la confrontación entre sicarios del narcotráfico.

Miguel Cruz, consultor internacional y uno de los investigadores con mayor prestigio para los temas de violencia de pandillas, aseguró para La Opinión que “la violencia ha impuesto ciertas dinámicas” entre una mayor organización de las pandillas, así como de grupos informales que pretenden combatirlas. “La violencia se ha vuelto quizá menos generalizada, pero cualitativamente más compleja”, apuntó.

Cruz detalló que las pandillas o maras tienen ahora un absoluto control de territorios, donde deciden y mandan, lo que el gobierno no reconoce. “En estos territorios las maras cobran impuestos a los transportistas, tiendas, negocios y a los que por allí transiten; quienes desobedecen pagan con sus vidas... Aquí no manda el Estado ni sus instituciones. Lo que existe es ya una economía criminal y un gobierno paralelo”, explica el académico.

Otra evidencia de estas complejidades logradas por la violencia en los últimos meses ha sido la capacidad que han tenido diversos grupos de realizar acciones en diferentes “frentes”: huelgas de hambre en las cárceles, huelgas de hambre de familiares de presos, marchas en las principales calles de San Salvador y conferencias de prensa de los líderes de la Mara Salvatrucha (MS-13) y de la Mara 18 (M-18), en estas últimas en las que se invitan mutuamente a realizar alianzas para luchar contra su “enemigo común: el gobierno”.

“Esto es producto del desgobierno que se ha dado en el ámbito de la seguridad pública y en el ámbito de los sistemas penitenciarios. Cuando uno pregunta: ¿qué son las cárceles ahora? Son lugares adonde meten a los pandilleros o a cualquier delincuente, pero el Estado ya no tiene un control dentro de las cárceles. Dentro de los muros de las cárceles, el Estado ya no tiene capacidad. La vigilancia y las reglas se imponen desde los muros hacia fuera, pero hacia dentro son los pandilleros los que mandan y las cárceles son grandes cuarteles de las pandillas”, asegura Miguel Cruz, quien considera que los penales son ahora nuevos nodos de organización de las maras, desde donde ejercen control y liderazgo a nivel nacional y mantienen organización con otras bandas del crimen organizado.

Soluciones no parecen estar cerca: el gobierno ha creado una nueva unidad de combate con el llamado Grupo de Operaciones Policiales Especiales (GOPES): policías sin rostros, vestidos de negro y fuertemente armados. Gobierno y legisladores continúan dando rienda suelta a leyes que favorecen el armamentismo. Mientras, en la calle los motorratas —ladrones y homicidas en moto— seleccionan a su nueva víctima.

 
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