
Una
problemática insostenible
Por Ricardo J. Galarza
Escribimos esto en vísperas de la
importante audiencia migratoria del
martes 26 de julio en el Comité Judicial
del Senado. Pero todo parece indicar
que lo que allí se decida no cambiará
mucho el panorama. Y las posibilidades
reales de que se logre un acuerdo
bipartidista para impulsar una reforma
son bastante remotas.
Lo que importa es el tenor de
las
medidas que allí se discutirán y la
manera en que éstas serán
interpretadas. De allí se podrá tener
una idea más clara de lo que va a ser
el debate migratorio en lo que resta del
año.
Por un lado está la propuesta
de los
senadores Ted Kennedy (demócrata)
y John McCain (republicano), ambos
invitados a declarar en la audiencia del
Comité Judicial. Se trata de un proyecto
genuinamente bi-partidista, y a juicio
de este humilde escriba, de la mejor de
todas las propuestas actualmente en
danza en el Capitolio.
A pesar de quedarse un poco
corta
y de flaquear definitivamente en el
punto de la reunificación familiar, no
cabe duda de que el proyecto
Kennedy-McCain presenta las
opciones más claras de legalización
ganada, ajuste de estatus y seguridad
fronteriza.
La semana pasada los senadores
republicanos John Cornyn y Jon Kyl
presentaron su propia propuesta de
reforma migratoria de última hora,
cuatro días antes de la audiencia en el
Comité Judicial. Ambos senadores
también han sido invitados a testificar
ante el comité, pero el énfasis de su
propuesta está dado en la seguridad
fronteriza, por encima de la legalización de los
millones de indocumentados que
radican en los Estados Unidos.
El proyecto de Cornyn y Kyl
también
propone un programa de trabajadores
huéspedes, pero que no se ajusta a la
realidad migratoria que vive el país. La
idea es que los indocumentados
regresen a sus países de origen en un
período de cinco años, para de allí,
solicitar sus visas de reingreso a
Estados Unidos, sin ninguna garantía,
por otra parte, de que el visado sería
efectivamente otorgado.
En esas condiciones, no es
difícil
predecir que serían muy pocos los
indocumentados que se acogieran a la
ley, una vez sancionada.
Bajo el plan de Kennedy y
McCain,
en cambio –a pesar de no contemplar
una legalización automática, como
sería lo ideal—, los indocumentados
podrían acceder a sus visas pagando
un multa de 500 dólares, sin necesidad
de regresar a sus países de origen.
Así las cosas, el Comité
Judicial
deberá decidir cuál de las medidas tiene
más méritos para alcanzar el tan
mentado acuerdo bipartidista que logre
reimpulsar la estancada reforma
migratoria en el Senado.
Para ello, será crucial el
papel que
juegue el jefe de la bancada republicana
en la Cámara Alta, el senador Bill Frist.
Pero lo cierto es que hasta ahora, Frist
no ha dado señales contundentes
sobre su posición respecto del tema
migratorio y, más bien, se ha manejado
con medias tintas. Su ambivalencia ha
llegado a tal punto, que en unas
recientes declaraciones, recogidas por
varios medios de prensa, Frist dijo que
no puede prometer que el asunto será
tratado este año, pero que
probablemente lo sea en los próximos 12 meses.
Y eso sucede en el Senado, un
cuerpo legislativo considerablemente
más abierto al tema migratorio que la
hostil Cámara de Representantes. Allí,
un grupo de republicanos se mantiene
firme en contra de cualquier propuesta
que siquiera mencione legalizar a los
indocumentados.
Para muestra basta un botón:
el jefe
de la bancada republicana en la Cámara
Baja, Tom DeLay, dijo al periódico The
Washington Times que antes de hablar
de ningún plan de trabajadores
huéspedes, se debían asegurar las
fronteras y aplicar las leyes
migratorias, la vieja fórmula de quienes
siempre se han resistido a cualquier
reforma migratoria amplia. De hecho, la
jefatura de DeLay en la Cámara de
Representantes ha logrado mantener
al margen del plenario cualquier
propuesta de reforma.
Para no hablar de los
legisladores
antiemigrantes más vocales, como el
republicano Tom Tancredo, quien
recientemente presentó su propio plan
migratorio, denominado Huésped Real,
muy en la tónica de la recientemente
aprobada ley Real I.D., una nefasta
medida para privar a los
indocumentados de licencias de
conducir, fuertemente apoyada por
Tancredo y sus aliados y luego
sancionada en ley por el presidente
Bush.
El “huésped real” propuesto
por
Tancredo no sería, empero, un huésped
muy bienvenido. Su proyecto
contempla considerar como un crimen
la presencia ilegal en Estados Unidos,
y que se castigue con prisión y altas
multas.
Con este tipo de propuestas,
todo parece presagiar que habrá un arduo
trabajo por delante en la Cámara Baja.
En el Senado —sin que se le haga el
campo orégano—, la reforma migratoria
encuentra mayor recepción. Por eso,
urge que líderes como Bill Frist y otros
republicanos de la Cámara Alta se dejen
de vaguedades y dobles discursos
para echar andar una reforma
compresiva que ponga fin, de una vez
por todas, a la problemática migratoria
que vive el país. Una problemática, por
otra parte, que ya (con más de 10
millones de indocumentados) resulta
insostenible.
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